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6. Soportar con paciencia los defectos de los demás


6E - Sufrir con paciencia los defectos del prójimo

Esta obra de misericordia se trata de formar un corazón compasivo y misericordioso, consciente de que nadie es perfecto

Por: H. Rodrigo Fernández de Castro, L.C. | Fuente: Catholic.net

Conforme se crece en la vida uno se ve a sí mismo con mayor realismo. Nos damos cuenta de nuestros defectos: somos impacientes, celosos, envidiosos… En algunos momentos parece que hemos superado estos vicios, pero la realidad es que siempre vuelven, convirtiéndose en la cruz que debemos cargar. Una cruz que hace sufrir no sólo a los demás, sino también a nosotros mismos.

En estas situaciones, cuánto agradece nuestro corazón el que una persona soporte con paciencia la manifestación de nuestros defectos. ¿Verdad que esto provoca un dulce consuelo para nuestra alma? Es con estas personas, las que saben soportarnos, con las que más queremos estar, porque nos quieren como de verdad somos.
«Soportar con paciencia los defectos del prójimo». Esta es una de las obras de misericordia espirituales propuestas por la Iglesia.

Quien vive esto en grado máximo es Dios, que es un Padre que soporta con paciencia nuestros fallos, porque Él conoce nuestra condición, se acuerda de que somos polvo (cf. Sal 103).

Podemos pensar también en las muchas personas que a lo largo de nuestra vida nos han soportado: padres, hermanos, hijos, maestros, jefes, subalternos… Sería interminable la lista de personas que, soportando nuestros defectos, han dado consuelo a nuestro corazón, especialmente en los momentos de dificultad, cuando pareciera que nuestros defectos brotan naturalmente.

Estamos viviendo un año jubilar dedicado a la misericordia, en el que la Iglesia nos invita a vivir a fondo el Evangelio, haciéndolo carne con nuestras obras. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (cf. Lc 6,36).



¿Cómo soportar con paciencia los defectos de los demás?

Lo primero que hay que decir es que ésta, como todas las demás obras de misericordia, nace de un corazón que ha hecho esa experiencia. «Estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia» (cf. Papa Francisco, Misericordiae Vultus, n. 9). Por tanto, hay que empezar por cultivar en nuestro corazón una sincera gratitud a Dios y a las personas que en nuestra vida nos han soportado con paciencia.

Una vez hecho esto, en la práctica hay dos formas de vivir esta obra, una externa y otra interna. La externa consistirá en cosas como sonreír cuando alguno nos importuna, responder de buena forma cuando quisiéramos mostrar enojo, ser pacientes con los molestos… Esto será ya un gran paso, pero para vivir a fondo esta obra, deberemos dar el paso a una vivencia más perfecta, es decir, interna.

Se trata de formar un corazón compasivo y misericordioso, que sabe no sólo soportar, sino hacerlo con verdadera paciencia. Un corazón que no se indigna ante los defectos de los demás, sino que sabe soportar desde dentro y aguantar, porque es consciente de que todos somos débiles y de que nadie es perfecto. Un corazón así hace vida lo que San Pablo escribía en el himno a la caridad: «El amor es paciente, es bondadoso» (cf. 1 Co 13, 4).

Aprovechemos este tiempo en que Dios nos ofrece una gracia especial para vivir la misericordia. Confiemos en que su promesa se cumplirá: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia» (cf. Mt 5,7).
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