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5. Vestir al desnudo

Vestir al desnudo


La quinta obra de misericordia nos invita a revestir a nuestro prójimo con la dignidad que Cristo, con su desnudez, nos ganó en la cruz

Por: H. Christian Martinez, L.C. | Fuente: Catholic.net


No sé si haya una obra de misericordia corporal más impopular que ésta, pues si bien es muy sugestivo vestir al mismo Cristo en nuestros hermanos más pobres, debemos reconocer que en nuestra sociedad occidental difícilmente pocos tendrán la oportunidad real de vestir a alguien desnudo en la calle. Pero es precisamente por su poca “practicidad” que este imperativo del Divino Maestro nos desvela horizontes más grandes.

Contemplación de un crucifijo

Cuando contemplamos a Cristo en la cruz cada una de sus llagas es capaz de movernos a compasión, pero entre sus flagelos hay uno que pasa casi desapercibido por su patética obviedad; mira bien al crucificado y te darás cuenta.

Sí, está desnudo. Sí, ¡nuestro redentor está desnudo en una cruz, despojado de todo! «Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8, 9).

La generosidad de Cristo llega a su culmen en la cruz en la que aceptó todo dolor y humillación para revestirnos del manto de la eternidad por el cual somos hijos de Dios. Ser hijo de Dios es el corazón del mensaje cristiano sintetizado en las palabras más hermosas que existen: “Padre Nuestro”



Vestir al desnudo en el siglo XXI

Esta visión que podríamos llamar más espiritual no solo ratifica la exigencia de vestir a los que no tienen con qué hacerlo, sino que también nos invita a mirar más profundo, es decir, a revestir a nuestro prójimo con la dignidad que Cristo, con su desnudez, nos ganó en la cruz, por la cual todos somos hermanos.

Te pregunto a ti que lees estas líneas, quien quiera que seas (padre o madre, médico o sacerdote, maestro o político, ingeniero o militar,…): ¿cuándo fue la última vez en la que miraste a alguien a los ojos y descubriste la huella de Dios? ¿Cuándo fue la última vez en la que descubriste en quien te pidió ayuda a un hijo de Dios? Y me arriesgo a preguntar aún más: ¿cuándo fue la última vez en la que con tu mirada pura, sencilla y generosa, revestiste a tu prójimo de la dignidad de este divino linaje?

Somos capaces de las más grandes hazañas en favor de los demás cuando en ellos descubrimos al mismo Dios. Esta es una tarea ardua, que nace de la mirada que tenemos de nosotros mismos. Justo este año jubilar nos ofrece la oportunidad de «tener la mirada fija en la Misericordia para poder ser también nosotros signo eficaz del obrar del Padre» (Papa Francisco, Misericordiae Vultus, 3).
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